LIBRO XV · MOVER

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Ensayo

Cómo abrir puertas cuando nadie sabe quién eres

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Quieres que alguien te tome en serio.

Puede ser una persona, una empresa, una disquera, un laboratorio, un partido o un fondo. Tú sabes quiénes son. Ellos ni siquiera saben que existes. Entonces haces lo que se supone que debes hacer: llenas el formulario, mandas una propuesta, escribes un mensaje.

Y no pasa nada.

Desde fuera, parece que primero necesitas un nombre, un título o los contactos correctos. A veces es cierto. No puedes operar a una persona sin estudiar medicina ni cruzar una frontera sin los papeles que exige. El dinero, la ley, el lugar donde naciste o el prejuicio pueden bloquearte de verdad.

Pero no todas las puertas están cerradas por la misma razón. Algunas siguen cerradas porque lo único que ha llegado hasta ellas es otra persona diciendo: «Confía en mí. Podría hacerlo muy bien». En esas, sirve más hacer algo pequeño que puedan usar antes de confiar en ti que seguir puliendo tu presentación.

Cuando apareció GPT-3, yo quería probarlo. OpenAI todavía no lo había abierto al público y daba acceso a pocas personas. Lo intenté varias veces. Mi padre trabajaba en una universidad y me ayudó a presentar una solicitud por la vía académica, que parecía la ruta correcta para entrar a una tecnología dominada por investigadores.

No funcionó.

Después encontré GaryAI, una herramienta que ya usaba GPT-3 para escribir textos persuasivos. Le pedí que redactara un email para Greg Brockman, entonces presidente de OpenAI. El asunto decía:

GPT-3: The Maserati of Copywriting

Sí. El Maserati del copywriting.

Le expliqué a Greg que el email que acababa de recibir había sido escrito con la misma tecnología que yo quería probar. En vez de volver a pedirle que creyera en mi interés o en mis credenciales, hice que GPT-3 llegara primero a su bandeja de entrada.

Unas horas después, me dieron acceso y me invitaron al Slack privado de quienes ya estaban probándolo.

Tres escenas: Esteban revisa una solicitud sin respuesta, manda a Greg Brockman un email escrito con GPT-3 y recibe una invitación al Slack privado.
La primera solicitud describía mi interés. El email dejó que GPT-3 hiciera una demostración.

Lo que una puerta puede ver

Greg no podía saber qué habría hecho yo con GPT-3. Sí podía leer algo que GPT-3 ya había hecho conmigo.

Esa diferencia parece pequeña, pero cambia la pregunta. Ya no es «¿por qué debería darte una oportunidad?». Es «¿qué hago con esto que acabas de poner frente a mí?».

Nadie puede ver tu potencial. En cambio, sí puede ver un video, leer un hilo, probar una herramienta o ahorrarse una hora gracias a una explicación. Un currículum cuenta lo que hiciste en otro sitio. Una muestra permite que alguien vea lo que haces aquí.

No hablo de regalar semanas de trabajo ni de terminar gratis lo que esperas cobrar. La pieza debe ser pequeña, tuya y útil aunque nadie te responda: un análisis público, una muestra, una herramienta sencilla. Algo que puedas volver a usar si esa puerta no se abre.

Ahora falta decidir qué hacer. Para eso necesitas entender qué ocurre del otro lado. Una demostración impecable del problema equivocado sigue siendo inútil.

Tres escenas: un equipo repite la misma respuesta, una persona crea una guía breve y el equipo empieza a usarla y compartirla.
Una promesa pide confianza. Una guía útil deja una prueba que otros pueden usar.

Aprende a leer el lugar

Una empresa puede colgar la palabra calidad en la pared y ascender siempre a quien entrega primero. Si quieres saber qué manda ahí, mira el ascenso, no el póster.

Mira también qué compran, qué corrigen y qué pasan de mano en mano. ¿Qué queja vuelve cada semana? ¿Qué hoja terminan copiando todos? ¿A quién buscan por mensaje cuando algo se rompe? Una encuesta recoge lo que la gente dice que valora. Su conducta muestra lo que ya está premiando.

En el rap ocurre algo parecido. Desde fuera, una batalla puede parecer dos personas insultándose con rimas. Para quienes llevan años siguiendo la escena, cada barra carga peleas, derrotas, respuestas y nombres que el público no ha olvidado.

Aczino, uno de los freestylers más influyentes de la escena hispana, lo resumió en una batalla escrita contra Blue One:

No solo es la barra, es quién puede decirlo.

La misma frase puede levantar una sala o caer al piso. Importa quién la dice, a quién responde y todo lo que pasó antes. En cada grupo hay personas a las que todos escuchan, palabras que delatan al recién llegado y problemas por los que vale la pena gastar tiempo, dinero o reputación.

No hace falta aprender de memoria todas las reglas. Empieza por lo que la gente hace una y otra vez, sobre todo cuando le cuesta algo. Ahí suelen aparecer las reglas reales y el trabajo que nadie ha tomado todavía.

Tres escenas en una oficina: un trabajador de amarillo pule bajo un cartel de calidad, ve ascender a quien entregó primero y cambia cómo trabaja en el siguiente proyecto.
Las reglas reales aparecen en el premio, no en el cartel.

Revisa lo que ya traes

Una vez que ves lo que falta, cambia también la forma de mirar tu propia historia. Lo que sabes hacer no vale lo mismo en todas partes.

Entré, por ejemplo, a un grupo de WhatsApp llamado AI Builders MX, fundado por Ben Kim para reunir a personas que estaban construyendo con inteligencia artificial en México. Casi todos sabían probar modelos y crear productos. Era mucho menos común encontrar a alguien que supiera conseguir usuarios o explicar una herramienta sin matar el interés.

Yo llevaba años haciendo justo eso. Entre gente de marketing, esa experiencia era una más. En un grupo lleno de personas que podían construir pero necesitaban usuarios, cambiaba de valor.

Lo mismo ocurre fuera de los negocios. Alguien que cuidó durante años a un familiar enfermo sabe qué documentos llevar, qué preguntas preparar y qué trámite suele atorarse. Puede ordenar lo aprendido en una hoja para la primera cita. No reemplaza a un médico. Para ella, eso formaba parte de cuidar a alguien. Para otra familia, es una guía que puede guardar y compartir.

Por eso un inventario no empieza con «soy creativo» o «sé liderar». Empieza con hechos. ¿A quién puedes llamar? ¿Qué sabes arreglar? ¿Qué hiciste tantas veces que ya te parece fácil? ¿Qué herramientas, archivos, cuentas, idiomas y errores llevas acumulando?

Conviene anotar también lo que parece ridículo: un grupo de WhatsApp, una cuenta vieja, el barrio donde creciste, la vez que coordinaste a veinte familiares para una comida. Todavía no sabes qué pieza será valiosa, porque su valor depende del lugar y del problema que encuentre ahí.

Cuando yo trataba de abrirme paso en la escena mexicana del rap, conocí a 2Phase, un rapero y productor que con los años se convertiría en uno de los productores más reconocidos del país. Más adelante formamos un grupo, pero ese día apenas nos conocíamos y yo no tenía una larga explicación preparada para convencerlo.

Le di un CD.

2Phase ya había escuchado a muchos raperos. En mi música encontró una mezcla distinta de flow, voz y musicalidad. El CD le permitió escuchar juntas varias cosas que yo llevaba años desarrollando por separado, y su respuesta me acercó a personas, estudios y eventos de la escena.

Nada de eso apareció cuando le entregué el disco. Ya estaba conmigo. Lo que cambió fue que tomó una forma que alguien con el oído entrenado podía reconocer.

Tres escenas: Esteban entrega un CD a 2Phase, el productor escucha con audífonos y ambos terminan trabajando y presentándose juntos.
El CD puso años de práctica en una forma que 2Phase podía evaluar en minutos.

Haz algo que les sirva

La lista de cosas que llevas encima, por sí sola, no hace nada. Para descubrir si alguna pieza tiene fuerza, hay que ponerla a trabajar sobre un problema real.

En 2021 yo ya llevaba tiempo metido en Terra, una red de criptomonedas sobre la que se estaban construyendo aplicaciones para ahorrar, prestar, invertir e intercambiar dinero digital. La comunidad se hacía llamar Lunatics. Abrías Twitter o Discord y cada semana aparecía otro proyecto, otra aplicación y otra promesa difícil de entender.

Durante un hackathon, una competencia donde distintos equipos construían proyectos de criptomonedas, revisé cerca de cincuenta propuestas. Sus creadores podían hablar veinte minutos sobre la tecnología y seguir sin responder la pregunta que se hacía cualquiera que acababa de llegar: «¿Por qué debería importarme esto?».

Yo no era quien mejor podía evaluar su código. Sí sabía leer, escribir, quitar ruido y encontrar la parte de una historia que podía interesarle a otra persona. Así que revisé los proyectos uno por uno y publiqué un hilo que explicaba, en palabras normales, qué hacía cada uno y para qué podía servir.

Usé casi la misma pregunta con todos: ¿qué hace esto por una persona que no pasó los últimos seis meses construyéndolo? Al reunir las respuestas, el hilo ayudaba a los recién llegados a orientarse, permitía comparar los proyectos en un solo lugar y daba a cada equipo una explicación que podía compartir o corregir.

Una de las organizaciones detrás del hackathon era Delphi, una firma conocida por sus investigaciones y por construir varios de los grandes proyectos de Terra. Entre ellos estaba Mars, una plataforma para prestar y pedir prestadas criptomonedas.

Algunos equipos compartieron mi hilo. Varios de los proyectos que aparecían ahí me escribieron para preguntarme si podía ayudarlos. Delphi era el que más me interesaba y, al mismo tiempo, el que más quería contar conmigo. Poco después me contrataron para trabajar con Mars.

Esto cambió mi posición dentro de Terra: pasé de comentar lo que otros construían a trabajar con uno de los equipos que le estaba dando forma.

Como el hilo era público, habría seguido sirviendo aunque Delphi nunca me hubiera escrito. Esa es una buena prueba para no confundir iniciativa con trabajo gratuito: la pieza debe dejarte algo aunque la puerta siga cerrada.

Tres escenas: proyectos de Terra saturan las pantallas, Esteban resume para qué sirve cada uno y varios equipos comparten el hilo antes de que Delphi lo contacte.
El hilo convirtió cincuenta explicaciones técnicas en una herramienta para orientarse.

Deja que la respuesta te diga cuánto vale

Publicar algo no demuestra que sea útil. Un like cuesta poco. Usar tu trabajo, corregirlo, compartirlo con el propio nombre, pagarte o darte una responsabilidad cuesta más. Esas son las respuestas que conviene mirar.

También he enviado mensajes que nadie contestó y publicado cosas que nadie usó. La muestra no abre una puerta por existir. Sirve para que la realidad responda mientras tú dejas de discutir a solas sobre tu potencial.

Años después conocí Leonardo.Ai, una herramienta para crear imágenes con inteligencia artificial. Llegué al proyecto por una conversación en Discord con alguien cercano al fundador. Tenían un producto, pero casi nadie lo conocía: su lista de espera tenía diez suscriptores. El equipo me pidió una propuesta para empezar a conseguir usuarios.

En lugar de mandar un documento explicando todo lo que haría, probé una parte. Publiqué una muestra en dos comunidades de Reddit. En una me borraron el post. En r/StableDiffusion, donde la gente compartía imágenes y herramientas de inteligencia artificial, siguió creciendo hasta volverse viral.

Yo no les envié la publicación para presumir el resultado. Ellos vieron que las nuevas suscripciones a la lista de espera subieron de golpe y me buscaron para preguntarme qué había hecho. Según recuerdo, el post llegó al primer lugar de la comunidad.

Ese aumento no demostraba que yo supiera construir una empresa. Sí demostraba que había encontrado una forma de atraer a las personas que Leonardo necesitaba. A partir de ahí, JJ, el fundador, me dio acceso al producto, a las decisiones y a problemas más grandes. Terminé dirigiendo el crecimiento de la empresa.

Cinco meses después, Leonardo había llegado a un millón de usuarios registrados. Eso no ocurrió por dos posts. Hicieron falta un buen producto, el momento, la comunidad, el email, los anuncios y el trabajo de todo un equipo. Los posts solo tenían que probar una cosa: que valía la pena darme el siguiente problema.

Tres escenas: Leonardo tiene diez personas en espera, una publicación se elimina mientras otra crece en Reddit y las suscripciones suben antes de que el equipo invite a Esteban a la mesa.
La lista de espera respondió antes de que hubiera una propuesta.

Cuando el trabajo empieza a presentarte

Una buena prueba puede seguir trabajando después de abrir la primera puerta. Cambia la forma en que otras personas hablan de ti cuando tú no estás explicándote.

Tiempo después fui a un evento de AI Builders MX. Ben me presentó a uno de los socios de la empresa que había prestado sus oficinas. En vez de enumerar mis habilidades, dijo que yo había dirigido el crecimiento de Leonardo hasta el millón de usuarios. La conversación empezó ahí.

La conversación siguió después del evento y me llevó a Serenity AI. Es una aplicación de bienestar emocional que combina inteligencia artificial, voz, memoria y ejercicios guiados para ayudar a bajar el ruido mental. Entré como cofundador, a cargo del tráfico, el marketing del producto y los emails.

Yo seguía siendo la misma persona que había llegado al grupo de WhatsApp con años de marketing encima. La diferencia era que ahora había un trabajo concreto que otros podían señalar. Ya no tenían que aceptar mi descripción de lo que sabía hacer. Podían preguntarme cómo habíamos hecho crecer Leonardo.

Al final, una reputación útil es eso: hechos que otros pueden señalar y que hacen menos arriesgado darte el siguiente problema.

Tres escenas: Ben presenta a Esteban en un evento, menciona el millón de usuarios de Leonardo y la conversación continúa hasta una mesa de trabajo de Serenity AI.
El caso Leonardo le dio a otra persona una forma breve y concreta de presentarme.

El precio de seguir ganando

Hasta aquí todo parece ganancia. Haces algo, te dan un problema mayor y la siguiente persona ya ha oído hablar de ti. Pero el lugar que aprende a premiarte también puede encerrarte en ese papel. Llegan más llamadas, dinero y responsabilidades. Repetirlo parece obvio, hasta que casi toda tu vida depende del mismo juego.

Terra me dio trabajo, amigos, una audiencia y un sitio dentro de la comunidad. Yo también puse dinero ahí, publiqué sobre sus proyectos, ayudé a reunir gente y trabajé haciéndolos crecer. No era un espectador. Lo que decía podía influir en cómo otras personas miraban lo que se estaba construyendo, aunque no pueda medir cuánto.

Cada recompensa me daba otra razón para quedarme. Por eso, cuando Terra colapsó en 2022, no perdí una sola cosa. Perdí dinero, trabajo, grupos donde pasaba mis días y una forma de presentarme. Varias personas con las que hablaba desaparecieron al mismo tiempo. Había aprendido a moverme muy bien dentro de ese mundo y, sin darme cuenta, había dejado demasiadas partes de mi vida en el mismo sitio.

Esa caída me hace pensar en la final del Campeonato Mundial de Sauna de 2010, en Finlandia. La competencia comenzaba a 110 grados centígrados y cada treinta segundos alguien vertía medio litro de agua sobre la estufa. Ganaba el último hombre que resistiera y consiguiera salir caminando por su cuenta.

Después de seis minutos, tuvieron que sacar a los dos finalistas. Vladimir Ladyzhensky murió. Timo Kaukonen sobrevivió con quemaduras graves.

La puerta nunca estuvo cerrada. Salir podía salvarles el cuerpo, pero el primero que lo hiciera perdía la competencia.

No sé qué pensaba cada uno. Pero dentro de esas reglas, salir ya no significaba ponerse a salvo. Significaba rendirse primero.

No siempre se ve así de extremo. Una startup puede premiar a quien nunca duerme. Un partido, a quien convierte cada amistad en una alianza. Una audiencia puede compartir un tipo de texto tuyo y guardar silencio cuando publicas otro. El premio te enseña cómo avanzar y, con el tiempo, qué debes seguir haciendo para no perder tu sitio.

Por eso conviene mirar el costo antes de ganar demasiado. ¿Qué conducta exige ese lugar? ¿Cuánto tiempo querrías repetirla? ¿Qué parte de tu vida no pondrías ahí? ¿Qué tendría que pasar para que te fueras?

Tres escenas: los finalistas entran a la sauna, permanecen mientras cae agua sobre la estufa y los organizadores terminan sacándolos en camillas.
La puerta estaba abierta. Las reglas hicieron que cruzarla significara perder.

Manda algo primero

Este poder no consiste en conocer a todo el mundo ni en inventarte una personalidad nueva cada vez que quieres algo. Consiste en aprender a leer un lugar, descubrir qué problema sigue vivo ahí y convertir una parte de tu historia en algo que la gente pueda usar.

Empieza con una puerta. Mira qué resuelven a mano, qué explicación repiten y qué conducta premian. Después revisa lo que ya traes y elige una pieza pequeña, propia y reutilizable que pueda ayudar sin requerir primero una reunión contigo.

Luego observa lo que vuelve. Tal vez nadie responda. Tal vez corrijan tu trabajo, lo compartan, te paguen o te confíen un problema mayor. Cualquiera de esas respuestas te enseña más que seguir imaginando a solas cuánto vales.

Hay límites. No mientas sobre quién eres, no uses información privada y no regales el trabajo completo que esperas cobrar. Si recibes un no claro, detente. El silencio puede significar que la pieza era mala, que llegó en un mal momento, que existe prejuicio o que la pared es real. No es permiso para insistir para siempre.

Y si la puerta se abre, mira también lo que el lugar empieza a pedirte a cambio. Entrar es una parte del poder. Poder elegir cuánto tiempo te quedas es la otra.

Tres escenas: una persona detecta el mismo problema en varios lugares, crea una guía por iniciativa propia y la guía circula entre otras personas sin que su creador esté presente.
Observar, construir una pieza pequeña y mirar qué vuelve.

Todavía no saben quién eres. No hace falta explicarles toda tu vida. Haz algo que puedan usar y deja que eso llegue primero.