LIBRO X · CREAR

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El premio duró menos que la animación

Te costó semanas conseguirlo.

Entraste casi todas las noches. Repetiste la misma misión hasta aprender de memoria dónde aparecían los enemigos. Vendiste cosas que habías guardado por si acaso. Dejaste pasar otros objetos porque éste era el bueno.

Y por fin cayó.

La pantalla se llenó de luz. Sonó la música que sólo suena cuando el juego quiere que sepas que acaba de pasar algo importante. Tu nombre apareció junto al objeto.

Lo giraste una vez para verlo mejor.

Antes de que terminara la animación, apareció un recuadro en una esquina:

NUEVA MISIÓN

Tu dedo ya iba en camino. Espera: ni siquiera habías usado lo que querías tanto.

Un jugador acaba de recibir un premio y ya mueve la mano hacia una nueva misión antes de usarlo.

El objeto seguía brillando en una mano mientras la otra buscaba el botón para aceptar la siguiente misión. Después de tantas noches, el gran momento había durado menos que su propia música.

Puede que el objeto fuera buenísimo. Tampoco vamos a faltarle al respeto después de todo lo que costó conseguirlo.

Pero la escena deja una pregunta medio incómoda. ¿Qué estabas persiguiendo: el objeto, lo que podrías hacer con él o ese instante en que la pantalla decía tu nombre?

Las tres cosas caben detrás del mismo icono. Hasta que el premio llega, parecen una sola.

Fuera del juego ocurre algo parecido.

Decimos quiero dinero, quiero libertad, quiero que me reconozcan, quiero hacer algo grande.

Las palabras suenan claras. El martes que viene después, no tanto.

El martes después del gran día

Tres personas pueden decir quiero ganar más y estar hablando de vidas muy distintas.

En el primer martes, alguien termina de trabajar, cierra la computadora y recibe una llamada. Le ofrecen más trabajo para esa noche. Mira la hora, ve a su familia poniendo la mesa y dice que no.

Eso era lo que quería comprar con más dinero: la posibilidad de no aceptar cada llamada.

En el segundo martes, una persona está en una farmacia. Le dicen cuánto cuestan los medicamentos y paga sin abrir la calculadora del teléfono. Guarda el recibo, respira y vuelve a casa.

En el tercero, alguien ve un número nuevo en la pantalla. Toma una captura, la publica y espera. No abre ninguna puerta ni cambia lo que hará esa tarde. Lo que cambia es quién puede verlo.

La frase era la misma. El martes, no.

Una palabra grande puede mantenerte ocupado durante años sin decirte qué vida estás tratando de construir.

Puedes conseguir el puesto, el cuerpo, la casa, la cuenta, el título o el objeto y descubrir que el martes siguiente se parece demasiado al anterior.

No necesariamente elegiste mal. Quizá nunca bajaste el deseo de la palabra a la escena.

Prueba con algo que lleves tiempo diciendo que quieres.

Olvida por un momento el día de la llegada. Ese día siempre tiene buena iluminación. Hay mensajes, fotos, manos que estrechar y alguna versión de ti que por fin sabe qué ponerse.

Vete al martes. ¿Dónde despiertas cuando eso ya ocurrió? ¿Qué hacen tus manos a media tarde? ¿Qué puedes decidir ahora que antes no podías?

Ahí aparece lo que de verdad querías que cambiara.

Quiero una empresa enorme puede terminar siendo quiero probar mis ideas sin pedir permiso. El viaje quizá era una forma de que los días dejaran de sentirse copiados. Y sí, también puedes querer que alguien vea lo que hiciste. Eso cuenta.

Cuando la habitación se queda vacía

Ahora haz algo un poco cruel con la escena. Apaga el teléfono. Quita la publicación, el anuncio, el título nuevo y los aplausos. Saca por un momento a la persona concreta cuya reacción esperabas ver.

La habitación se queda vacía. ¿Qué parte del martes sigue viva?

Puede que casi todo. Sigues queriendo cerrar la computadora. Sigues queriendo pagar la medicina. Sigues queriendo pasar la tarde escribiendo, diseñando, tocando, cocinando o construyendo eso aunque nadie se entere hoy.

Puede que la escena pierda fuerza de golpe. También sirve saberlo.

Buscar reconocimiento no vuelve falso un deseo. A veces queremos que alguien mire. Y hay cosas que sólo tienen sentido porque se comparten: una fiesta cambia cuando no llega nadie y un regalo necesita a quién dárselo.

El problema aparece cuando creías perseguir una vida y en realidad estabas esperando una mirada. Si no distingues una de la otra, el premio llega y enseguida necesitas otro.

Llega el objeto, llega la mirada y al rato aparece otra misión.

La salida tampoco consiste en encontrar un deseo puro, intacto y guardado en algún rincón secreto desde la infancia. Buena suerte con eso. Queremos cosas que vimos, cosas que nos enseñaron, cosas que le dieron alegría a alguien cercano y cosas que empezaron como una forma de no sentirnos menos.

La mezcla es normal. Lo útil es verla.

Puedes querer hacer algo porque disfrutas hacerlo y porque te encanta que lo reconozcan. Puedes querer dinero por tranquilidad, por juego, por acceso y por la cara de alguien cuando se entere. Todo eso puede estar presente al mismo tiempo. Sólo que cada parte pide un martes distinto.

Y cada martes cobra algo.

El cobro ya empezó

Un deseo se siente ligero mientras vive en una frase.

Quiero escribir un libro cabe en una sobremesa. El martes del libro ocupa la silla, la mesa y una tarde que ya no irá a otra cosa.

Quiero estar en forma cabe en una foto guardada. El martes correspondiente aparece cuando el día estuvo pesado y todavía dejas lista la ropa para la mañana.

Quiero tener más libertad suena precioso. Su martes puede pedir que guardes dinero en vez de gastarlo, que aprendas algo cuando nadie te lo exige o que tengas una conversación que llevas meses aplazando.

No tienes que sufrir para demostrar nada. El costo sólo sirve como pista de que ese futuro ya empezó a pedir espacio en tu vida de hoy.

Mira si ya le diste una tarde, un poco de dinero o la incomodidad de ser principiante frente a alguien. Si todavía no le has dado nada, eso tampoco alcanza para sacar una conclusión: quizá faltan recursos, salud, tiempo o margen. Y a veces sí, nos gusta más contar el deseo que vivir el martes que viene con él.

Conviene saber cuál de esas cosas está pasando antes de ofrecerle otro año.

Tu martes sin testigos

Elige un deseo que se repita. Visita un martes en el que ya ocurrió y termina esta frase:

Es martes. Estoy en __________. Mis manos están __________. Gracias a que esto ocurrió, ahora puedo decidir __________. Si nadie se enterara, todavía querría __________.

No escribas ser feliz, tener éxito o sentirme libre. Pon algo que una cámara podría ver: cierras una computadora, pagas una cuenta, abres un archivo, recoges a alguien, te sientas a practicar, dices que no, compras un boleto, dejas el teléfono en otra habitación.

Apaga al público por un momento y marca la acción que permanezca.

No es un juramento ni tu destino. Es una escena para comparar con lo que ya haces. Puede darte ganas de moverte o risa por haber perseguido tanto tiempo el envoltorio. Y si lo que querías era el aplauso, bien: ahora tiene nombre y ya no se hace pasar por otra cosa.

Vuelve a la pantalla.

El objeto sigue en tu inventario. La nueva misión continúa parpadeando. Tu dedo se queda quieto un segundo.

No tiene que quedarse ahí para siempre. Sólo lo suficiente para preguntar qué martes estás aceptando. Y si ese martes depende de crear algo para alguien, el dedo tendrá que esperar otra vez: todavía falta mirar qué cambiaría en la vida de quien lo reciba.